lunes, 4 de abril de 2011

Cuando miramos a un emigrante, solemos ver alguien con una vida mejor, que la que tenia y quiso salir, muchos conquistan grandes puestos, otros abren empresas, otros sin embargo ven sus sueños sumergidos en el fango, desesperados pues perdieron su libertad. Cuando miro al inmigrante, me pregunto si algún día en sus sueños cupo la idea de la cuesta que debió desafiar para alcanzar lo que por derecho se ha ganado, tras mil batallas. O si el arrepentimiento fue del tamaño del llanto que derramo en las noches mas oscuras y sórdidas. En mi recuerdo están las historias de personas como mi Padre que tomaron una maleta repleta de sueños y esperanzas y enfrentaron un nuevo idioma, muchas veces sin la posibilidad como la he tenido yo de tener el apoyo del país, para aprender el idioma. Como a ellos las puertas parecen en ocasiones cerrarse en nuestras narices, abrimos el álbum de fotos de quienes amamos y gracias a la tecnología podemos incluso conversar un instante diario para saber de ellos. Esos instantes nos permiten recargarnos para seguir cuesta arriba. Pero el sabor de la derrota que llevamos antes de la gloria es igual, pues el sentimiento será una palabra que se escriba de diferentes maneras, pero que mueve la misma fibra del alma. Es un valor universal que no conoce fronteras. Hoy me visto con la piel del emigrante y comienzo una historia de vida.

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Ellas mantienen pensamientos y sentimientos silenciados en cada letra y frase que quedaron plasmadas en esas cartas que jamás encontraron el instante preciso de ser enviadas,
a quien las quisimos hacer llegar, distancias que se acercaban y que quedaron inscritas en el añil de un papel sutilmente perfumado.
Cartas dulcemente esperadas,
Otras veces fueron la forma de concluir un cuento que se creyo perpetuo en el tiempo.
Muchas son las cartas que se guardan como tesoros secretos de un tiempo, un sentir, una suplica, un amor y desamor al mismo tiempo.
Quien no ha comenzado con una misma frase…..
Querido Amor.